Historia del árbol de Navidad

Según coinciden los historiadores, este podría tener su origen en los Celtas de Europa Central, quienes acostumbraban usar árboles para representar a varios de sus Dioses. Esta cultura, además, coincidiendo con la celebración de la Navidad cristiana, celebraba el nacimiento de Frey, Dios del Sol y la fertilidad, adornando un árbol que era llamado "Divino Idrasil" (Árbol del Universo), del cual se decía que en su copa se encontraba el cielo y en sus raíces profundas el infierno.


Diversos escritos dan varios orígenes al arbolito de Navidad. Uno de ellos dice que el monje Winfred derribó en el siglo VII, en Alemania, un roble en el cual se efectuaban antiguos sacrificios humanos, y cuando en el mismo lugar nació un pino, el misionero lo adoptó, ya no como símbolo de vida, sino del cristianismo. 


Otro relato describe la costumbre nórdica del siglo XVI de reunir a la familia en torno a un árbol. Solían llevar a los niños de paseo al campo, y cuando regresaban encontraban dulces y juguetes colgados en el abeto. También hay una leyenda que sitúa su origen en Alsacia, entre Francia y Alemania, donde hace cuatro siglos vivía un sacerdote de buen corazón que repartía ropa y víveres a los más necesitados durante la Navidad. La historia toma cuerpo porque supuestamente un día el religioso decidió colocar los obsequios en el árbol situado frente a la iglesia del poblado. Otro relato se desarrolla en Inglaterra en el siglo XVIII, cuando la reina Carlota decide instalar en uno de los salones del palacio un árbol de pascua, adornado con guirnaldas, luces, juguetes y regalos. La costumbre se propagó después en Estados Unidos.


En México durante el periodo de 1864-1867 se vivió uno de los pasajes más complejos e intrincados de su historia: el Segundo Imperio Mexicano, encabezado por los emperadores Maximiliano y Carlota. En mayo de 1864 llegaría esta pareja al Puerto de Veracruz a bordo de la fragata Novara y el rumbo de México cambiaría para siempre. Además de las muchas implicaciones históricas, sociales y políticas del Segundo Imperio, se les adjudica la introducción del árbol de Navidad como costumbre de la época navieña. Aunque parece un detalle menor ante el gran impacto del Imperio a la historia mexicana no lo es tanto a la luz de la expansión e importancia que tiene esta costumbre hoy en día. A la caída de Maximiliano I, en 1867, las costumbres imperiales se desterraron. Sin embargo, algunas permanecieron o florecieron más tarde, tal como sucedió con el árbol de Navidad, que volvería a aparecer en 1878 cuando el general Miguel Negrete colocó uno en su casa y cautivó a las personas y a la prensa. Se dice que el general retomó esta tradición influenciado por sus viajes constantes a Estados Unidos. Muy pronto la tradición comenzó a replicarse en diversas partes de México, primero en las zonas urbanas para luego, con el tiempo, convertirse en una costumbre que está prácticamente en todos los lugares del país. Comercios, plazas públicas, centros comerciales, edificios gubernamentales, en fin, en casi todas partes pueden verse los luminosos, adornados (y muchas veces sonoros) árboles de Navidad.

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