Los árboles en la mitología

Desde el origen de los tiempos los árboles han representado el poder místico y el ciclo de la vida. Por eso las culturas han sabido venerarlos con esmero, llenándolos de mitología, tomándolos como emblema y ligándolos de forma permanente al destino de los hombres. 


Olivo: El árbol sagrado por excelencia de los griegos era el olivo, para ellos no había fruto más utilizado que la oliva pues de ella se extraía el aceite utilizado en la cocina, para el alumbrado o simplemente para la cura del cuerpo. Según explicaba la tradición, fue Atenea quién hizo crecer el primer olivo en la Acrópolis después de la disputa con Poseidón por el Ática, según la leyenda con la punta de su lanza. Como Atenea y Poseidón estaban en lucha por la supremacía en la protección de la ciudad, el Dios Zeus intervino y prometió conceder el dominio de ese territorio a quien pudiera aportar el regalo más útil para la humanidad. Poseidón llevó un caballo, animal noble, resistente y útil al hombre para numerosos quehaceres. Atenea se apareció con una pequeña rama entre las manos, con hojas color verde plateado. Explicó las extraordinarias cualidades del olivo, una planta capaz de vivir muchos años, con un fruto sabroso y nutritivo del que además se podía extraer un líquido sin igual para darle sabor a las comidas (el aceite de oliva), aliviar las heridas y hasta servir como combustible para alumbrar la noche. Atenea venció en forma aplastante ante la magnificencia de la planta que había ofrecido al rey de todos los Dioses. El olivo está también presente en varios pasajes de la Ilíada y la Odisea, donde Ulises le da diversos usos. Son numerosos los capítulos de la mitología griega donde esta planta tiene un papel preponderante. Pero también está ligado a la vida cotidiana de los griegos, quienes, por ejemplo, en ocasión de los Juegos Olímpicos, coronaban a los vencedores con ramas entrelazadas de olivo. Los habitantes de la Grecia antigua conocían el olivo silvestre, ya que las variedades cultivadas por el hombre para producir sobre todo aceite de oliva provenían de Egipto. Los griegos antiguos aprendieron rápidamente cómo cultivar tan preciada planta hasta inclusive por cuestiones “legales”, ya que las autoridades podían confiscar los bienes y hasta condenar al exilio a quienes arrancasen y maltratasen una planta de olivo, tal era el aprecio que se tenía por ese extraordinario vegetal.



Laurel: Está relacionado con el simbolismo de la inmortalidad. Entre sus propiedades, protege contra el rayo. Arbusto consagrado a Apolo, simboliza la inmortalidad conseguida por la victoria, por lo cual con sus ramas y hojas se confeccionan las coronas que honran a los héroes, a los genios y a los sabios. En su condición de árbol apolíneo, significaba también las condiciones espirituales de la victoria, la sabiduría unida al heroísmo. En Grecia, antes de profetizar, la Pitia y los adivinos mascaban o quemaban hojas de laurel, pues se estimaba que poseía cualidades adivinatorias.

Según cuenta la leyenda, Dafne, que en griego significa laurel, era hija del dios Peneo y había decidido no casarse nunca. Por esto no quiso corresponder a Apolo, que estaba enamorado de ella, por lo que huyó a las montañas. Sin embargo, el dios la siguió y antes de que fuera alcanzada le pidió a su padre que la transformara para escapar, por lo que la convirtió en laurel. Entonces, Apolo hizo del laurel su árbol sagrado y lo adoptó como su símbolo. Según relata Ovidio en el poema “Las metamorfosis”, Apolo pronunció estas palabras: “Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las gentes en señal de victoria”. En Roma, emperadores, guerreros, deportistas y poetas eran coronados con laurel para representar la victoria, el triunfo y la grandeza. En China se dice que la Luna contiene un laurel y un Inmortal: al pie del laurel, la Liebre de la Luna tritura los elementos de los que extrae el elixir de la inmortalidad.


Sauce: En la mitología clásica, Perséfone, la diosa del renuevo cíclico, tenía un bosque de sauces. Por un acuerdo entre los dioses del Olimpo y el de los infiernos, Perséfone tenía que pasar medio año con su madre, la diosa de la fertilidad y el otro medio en el submundo, dando origen a la alternancia del ciclo anual de estaciones. Hermas, teólogo cristiano del siglo II, considera al sauce como símbolo de la permanencia de la ley divina, frente al cambiante mundo terrestre, por la conocida vivacidad del árbol y la facilidad de supervivencia de las ramas cortadas y plantadas en tierra. En el Extremo Oriente, el sauce tiene un valor de permanencia, de inmortalidad. Las sepulturas de personajes míticos, cuyas ideas y acciones rompen la barrera del tiempo, está situada a la sombra de sauces. Según una antigua tradición china, existe una lugar de inmortalidad Mu-yang tcheng, la Ciudad de los Sauces; es la ciudad de los justos donde toda acción es sopesada. Para los místicos tibetanos, la inmortalidad tiene un gran valor, por ello plantaron sauces ante el santuario de Lhasa, centro religioso de Tíbet. Entre los pueblos amerindios de las grandes praderas, el sauce es también un árbol sagrado, símbolo del renuevo cíclico. Las hojas caen a la tierra, al descomponerse renacen en la siguiente primavera, como los hombres que mueren y renacen en el gran espíritu. Quizás con este sentido de renuevo cíclico, se entiende en Rusia al sauce aunque de forma mucho más trágica, donde se dice que "quien planta un Sauce, prepara la azada para su tumba". Esta muerte no es más que el cierre del ciclo de la vida.



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